Juan Eugenio Hartzenbusch

Las espigas

La espiga rica en fruto
se inclina a tierra;
la que no tiene grano,
se empina tiesa.

Es en su porte
modesto el hombre sabio,
y altivo el zote.


Esopo y el borrico

Al buen Esopo díjole un borrico: Por quien soy te suplico, si en algún cuentecillo me introduces, que pongas, como debes, en mi labio singular discreción, lenguaje sabio. Esopo respondió: Yo bien podría fingirte bestia de talento y luces; pero al ver el solemne desatino todo el mundo a una voz nos llamaría, el filósofo a ti, y a mí el pollino. Es alabar a un necio locura digna de común desprecio.


El linajudo y el ciego.

A un ciego le decía un linajudo: Todos mis ascendientes héroes fueron. Y respondiole el ciego. No lo dudo; yo sin vista nací, mis padres vieron.

No se envanezca de su ilustre raza quien debió ser melón y es calabaza.


Los viajes.

Un pescador, vecino de Bilbao,
cogió, yo no sé dónde, un bacalao.
-¿Qué vas a hacer conmigo?
(el pez le preguntó con voz llorosa.)
Él respondió: Te llevaré a mi esposa:
ella con pulcritud y ligereza
te cortará del cuerpo la cabeza;
negociaré después con un amigo,
y si me da por ti maravedises,
irás con él a recorrer países.
-¡Sin cabeza! ¡Ay de mí! (gritó el pescado.)
Y replicó el discreto vascongado:
¿Por esa pequeñez te desazonas?
Pues hoy viajan así muchas personas.

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